Para empezar, señalar que llevo unos días dándole vueltas a esta crónica porque pienso que cualquier cosa que escriba nunca llegará a hacer justicia al directo del grupo, al concierto que unos 300 afortunados pudimos disfrutar el sábado 18 de abril en la Sala Ritmo y Compás de Madrid.
Nunca habíamos tenido el placer de ver un concierto de MONO y por tanto, a la entrada, bajo una cornisa que nos resguardaba de la lluvia y dando buena cuenta de unos kebap, charlábamos sobre como se las arreglaría el grupo para trasladar al directo sus magníficos y elaborados discos.
Al entrar en la sala nos sorprendió el hecho de que no viésemos preparadas las habituales proyecciones que este tipo de grupos llevan en directo para acompañar y complementar sus temas instrumentales. Tampoco ningún panel con su nombre o sus símbolos, nada, absolutamente nada. Muy sobrio todo.
Después de tener que sufrir el desvarío sónico y mental de Rosvita, con puntualidad japonesa, aparecieron en el escenario Goto, Takada, Yoda y Tamaki para comenzar con su concierto. Al minuto del inicio, todas las preguntas que nos hacíamos antes se desvanecieron de un plumazo.
Y es que Mono no necesitan elementos externos para atraparte. Lo dejan todo en manos de su música para llevarte allí donde ellos quieren. Créanme cuando les digo que el grupo te transporta a otra dimensión, o al menos eso es lo que experimenté mientras tocaban joyas de su último disco como: Ashes in the Snow, Buried at Sea o Follow the Map. Con Yearning llegó la confirmación de que estábamos ante algo grande. Un tema de 18 minutos que se te pase en un abrir y cerrar de ojos, eso sólo lo pueden conseguir músicos que saben lo que se traen entre manos. La parte final con el tema Everlasting Light fue impresionante, con el grupo totalmente entregado, en plena simbiosis con su público. El broche final de una noche para el recuerdo, de esas de "nosotros estuvimos allí".
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